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Aprender a consolar: cómo preparar nuestro corazón.

Actualizado: 26 ago

Niña de espaldas muestra una tarjeta con corazón rojo y un regalo; adulto desenfocado al fondo en sala luminosa.

En nuestra entrada del blog anterior inauguramos una serie de publicaciones que tenían como tema central aprender a consolar al que sufre. En un mundo donde la tristeza no acompañada y la soledad crecen cada día, dar y recibir consuelo se ha convertido en un bien de primera necesidad y en una de las principales obras de Caridad. Sin embargo, pocas personas saben que no es necesario ser psicólogo para desarrollar adecuadamente esta habilidad. Todos tenemos capacidades innatas para aliviar el sufrimiento, algo que, sin duda, se puede aprender y mejorar con ayuda y con paciencia.

En el día de hoy, pondremos el foco en ciertas disposiciones internas que a veces nos dificultan dar consuelo y esperanza sinceros, haciendo más difícil que el otro se sienta aliviado. Este es un tema muy extenso, por lo que aquí tan solo compartiré algunos apuntes, que, acompañados de ciertas preguntas, nos puedan ayudar a seguir profundizando ¡empezamos!

AUTOCONOCIMIENTO Y SANACIÓN DE NUESTRAS PROPIAS HERIDAS

Ser conscientes de nuestros propios sufrimientos y limitaciones es el mejor punto de partida. Recordamos que desde la fe cristiana

El amor al prójimo presupone siempre el amor a uno mismo. Mateo 22. 36-40

1.Miedo a las emociones o falta de conocimiento de las mismas.

Algunas filosofías y ciertos carismas cristianos mal entendidos nos pueden conducir a la represión o negación de nuestros sentimientos. Sin darnos cuenta, esta forma de vivir los afectos, puede desembocar en el rechazo, la minimización o la deformación del propio dolor y del dolor ajeno, lo que en vez de ayudar produce más daño. Mirar nuestro propio sufrimiento con compasión, ponerle cara y nombre no siempre es sencillo, sobre todo si no hemos aprendido.

Algunas preguntas que nos pueden ayudar a reflexionar:

  • ¿Qué suelo hacer con mis propios dolores y tristezas: tiendo a esconderlos y minimizarlos bajo la idea de que "hay que aguantarlo todo" o por miedo a ser juzgado?

  • ¿Siento a veces la presión de mostrarme siempre alegre o resignado, como si estar triste o sentir dolor fuera una falta de confianza en Dios?

  • Cuando me duele el alma... ¿me doy el permiso de llorar y sufrir, o me obligo a pasar página rápidamente?

2.Heridas profundas no trabajadas.

Sin duda alguna esto es uno de los puntos más difíciles de abarcar. A menudo nosotros también tenemos duelos y circunstancias personales que nadie nos ha ayudado a superar y que podemos proyectar en los demás. Para tener compasión con otros debemos de empezar a tenerla con nosotros mismos.

Preguntas para reflexionar sobre nuestras heridas:

  • ¿Hay algún dolor o duelo en mi vida del que evito hablar o recordar porque siento que todavía me escuece demasiado?

  • Cuando escucho el sufrimiento de otra persona, ¿siento que su historia me desborda o me enfada porque toca una fibra sensible de mi propio pasado?

  • ¿Me permito tener compasión conmigo mismo por las cosas que me duelen, o me exijo estar "ya curado"?

  • ¿Caigo a veces en la trampa de creer que la fe es una especie de "curación mágica", esperando que Dios borre mis heridas sin yo hacer el proceso natural ni recibir ayuda y consuelo de los demás?

Hombre consuela a una mujer triste en un sofá, en un salón acogedor; hay pañuelos y papeles, con aire tenso.

3.Poca conciencia de nuestros prejuicios y valores.

No saber qué toleramos o qué no toleramos nos puede llevar a juzgar y a encasillar demasiado rápidamente el sufrimiento de otro. La aceptación incondicional que un buen acompañamiento necesita se ve, a menudo, dificultada con nuestra propia forma de evaluar.

Preguntas para examinar nuestros prejuicios:

  • Cuando alguien me comparte un sufrimiento que choca directamente con mis valores o mi forma de pensar, ¿me descubro por dentro juzgando, etiquetando o buscando culpables en lugar de simplemente acoger su dolor?

  • ¿Soy consciente de cuáles son mis "líneas rojas" o aquellos temas que me cuesta tanto tolerar que me incapacitan para escuchar al que sufre con el corazón abierto?

  • ¿Busco que la persona que sufre actúe, piense o decida según lo que yo considero que es "lo correcto", en lugar de respetar su propia vivencia y realidad?

4.Falta de paciencia hacia nosotros mismos.

Igualmente, si no hemos aprendido a tener paciencia con nuestro propio camino, no sabremos ni podremos respetar los tiempos y los procesos del que tenemos a nuestro lado.

Preguntas sobre la paciencia y los límites:

  • ¿Sé decir "no" y poner límites cuando veo que no tengo fuerzas para acompañar a otro?

  • ¿Me permito estar cansado, desanimado o vulnerable, o me exijo estar siempre disponible y perfecto?

  • ¿Respeto mis propios ritmos de sanación, o me desespero si no me recupero pronto?

5.Escrúpulos o excesiva rigidez moral.

Aunque es comprensible que uno entienda que existen ciertas normas y dogmas que son inquebrantables, a veces hay que estar dispuestos a poner por encima la necesidad de consuelo. Aunque el equilibrio no siempre es simple, aquí va una pequeña regla:

para consolar no tienes que estar de acuerdo con lo que la otra persona piensa, sino conectar con los sentimientos que le produce lo que ha vivido.

Preguntas sobre la rigidez y las normas:

  • ¿Pongo a veces la norma moral o el dogma por encima del dolor de la persona que tengo delante?

  • ¿Siento que escuchar a alguien que ha actuado "mal" según mis creencias significa que estoy aprobando su conducta?

  • ¿Sé conectar con el sentimiento de quien sufre, aunque no esté de acuerdo con sus decisiones o su forma de vida?

  • ¿Intento aleccionar o dogmatizar cuando claramente es el momento de escuchar y consolar?

6.Falta de empatía ante el sufrimiento de los demás.

Sintonizar con el dolor ajeno no siempre es fácil. Muchas veces estamos fríos o incluso distraídos. Si sientes que te cuesta ponerte en el lugar del otro, es algo que puedes rogarle y pedirle a Dios mismo en la oración y darte el tiempo que necesites.

Preguntas sobre la empatía y la presencia:

  • ¿Me acerco al que sufre con prisas o con la mente distraída en mis propias cosas?

  • ¿Me asusta tanto el dolor de los demás que prefiero mantener una distancia para protegerme?

  • Cuando noto mi corazón frío... ¿se lo presento a Dios en la oración y le pido que me regale su mirada compasiva?

La relación con los demás desde la actitud del Consuelo debería de ser una de las señas de identidad propias de un cristiano, pero no siempre es así. En este formato de entrada digital es difícil desgranar todos los aspectos de este arte, por lo que seguiremos profundizando en ello. En el próximo artículo hablaremos de cómo imitar a Jesús a la hora de dar consuelo, pues solo la gracia de Dios puede darnos un corazón verdaderamente compasivo y misericordioso.

Si tienes un ratito, me gustaría leerte en los comentarios para saber tus experiencias y necesidades, así me ayudas a seguir profundizando juntos en el bello arte del Amor.

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